Y surgió la burbuja…
Hacia 1660 se comienza a embotellar poco antes de terminar la primera fermentación, a fin de conservar mejor sus aromas, pero a consecuencia de ello aparecen las burbujas. Esta efervescencia fue una fuente de preocupaciones para los productores que lo denominaron «vino del diablo» y «salta-tapones», por las botellas estalladas y los tapones que saltaban.
Corría el año 1670 cuando el monje Dom Pérignon, de la abadía benedictina de Hautvillers, introdujo una serie de cambios, tales como la selección de la uva, el corcho cónico sujeto con una grapa metálica. Finalmente fueron los ingleses lo que aportaron su conocimiento a la hora de elaborar botellas más gruesas que pudieran soportar la presión de las burbujas.
Y se expandió al mundo…
Hay evidencias de que la primera firma de Champagne se fundó en Épernay en 1729. A lo largo del siglo XVIII, el Champagne comienza a adquirir renombre internacional, gracias a la promoción hecha por productores como Claude Moët o Florenz-Louis Heidsieck.
En el siglo XIX aparece otra figura clave: la viuda de Clicquot. Su marido tenía un pequeño negocio de vinos en Reims y muere muy joven debido a unas fiebres. La viuda se hace cargo del negocio y gracias a ella aparecen las técnicas del degüelle y del removido. Gracias a esta importante aportación Clicquot fue conocida como “La Grande Dame de Champagne.
A finales del siglo XIX., los vinos de Champagne habían logrado una magnífica reputación en todo el mundo, considerándose los vinos ideales para encuentros festivos a los que el anfitrión quería dar un toque de clase
Hoy en día el Champagne está presente en los actos más exclusivos y en los grandes eventos deportivos. Pero sobre todo, el Champagne se ha convertido vino excepcional para ocasiones excepcionales, encuentros íntimos, reuniones de familia, celebraciones con amigos, momentos siempre memorables y mágicos en nuestra vida.